Mi tarde con Daniel Johnston

Pierre Siankowski
14 septiembre 2011
Daniel Johnston no es como los otros. Bebe Coca-Light y come en McDonald's, no sabe quién es Barack Obama, es fan de Ringo y de Nino Rota, compra discos de Queen que ya tiene y se olvida de París. Sin embargo, Daniel Johnston es un genio. Hace un año Daniel Johnston dio un concierto en el Bataclan, en París. Pierre Siankowski, periodista de Les Inrockuptibles, pasó una tarde con él. Gracias a una serie de apps en cadena (Siankowski enviaba un MMS a su compañera de redacción quien a su vez ponía un twitt) que dejarían a Johnston atónito, nos enterábamos de los (des)encuentros y eventos (des)afortunados que darían lugar a esta crónica.

Este 2011 Daniel Johnston, tan polímata como marginal, cumplió cincuenta años. Con ese motivo, esta traducción, hecha con la generosa venia de Pierre Siankowski. Aviso: traducción libérrima, hecha en una tarde y con más entusiasmo que rigor. Y nunca más cierto que aquí aquello de traduttore, traditore.- Daniela Franco.

En el inicio, una entrevista que podría simplemente haber sido cancelada, con Daniel Johnston. Cita a las dos en el Bataclan, donde tocaba esa misma noche. Nadie por ahí de no ser por unos roadies holandeses nada simpáticos (holandeses pues) que no saben de qué hablamos pero que igual, entre gruñido y gruñido, nos orientan hacia el R.P. de la discográfica. Don Daniel Johnston llegará alrededor de las tres, me dicen. Más información: Daniel acaba de dar, hace un algunos días, una entrevista de 26 minutos, es decir, la más larga desde 1992. Me digo que algo grande podría pasar esta tarde al tiempo que recibo un SMS del RP: «Daniel no podrá dar entrevistas antes de las siete».

Bueno… la oficina de Les Inrocks no queda lejos, así que vuelvo un poco decepcionado diciéndome que todo terminará por cancelarse. Mientras me acerco a la oficina, caminando por el boulevard Richard Lenoir, veo a lo lejos a dos tipos caminando de forma extraña, uno delante del otro. No reconozco al primero pero al segundo sí: es Daniel Johnston. Tenis enormes, chándal negro medio de lycra, chaqueta de piel tres-cuartos como de poli y cara de pasmo total, un cigarrillo colgando del pico. ¿Le hablo? Debería pero tiene una pinta un poco rara. Se aleja poco a poco y decido seguirlo.

Es la primera vez que sigo a alguien en la calle, además de la vez en que seguí a una chica, creo, pero estaba borracho. Daniel y la persona que lo acompaña –su hermano Dick Johnston- suben por el boulevard en sentido contrario. Cambio de acera para no perderlos de vista. El hermano va delante, Daniel camina tras él, completamente encorvado. Cruzan a la calle Amelot. En cierto momento, Daniel se detiene frente a una vitrina que pone «Eurotribal»: es una tienda de piercings y tatuajes… por qué no. Su hermano le pide que se apure. Bifurcan a la izquierda, los sigo, vuelven al boulevard Richard Lenoir, casi al sitio en donde los encontré la primera vez. El itinerario no parece muy planeado. Procuro que no me descubran. Tengo la desagradable sensación de comportarme como el comisario Moulin.
 
Daniel y su hermano siguen andando por la calle de la izquierda, Saint-Sabin. Pasan por un súper, entran. Me digo que es el momento de acorralarlos, entrar al súper como si nada. «Ey, Daniel Johnston, pero, ¿qué haces por aquí tío?, soy el periodista que iba entrevistarte, ¿cómo le hacemos?». El hermano termina de pagar las tres latas de Coca-Light Lemon que Daniel acaba de coger, y me dice que ahora nos organizamos. Daniel toma la palabra por primera vez: «¿No conoces una tienda de vinilos, de 45 RPM? Tengo ganas de comprar eso». Mira hacia el vacío y tiene una vocecita de canario conmovedora. Daniel es un genio, lo sabemos, pero la cabeza no le va del todo bien. Le digo que sí, que vamos a encontrarle una, y el hermano explica que entonces tenemos que volver al hotel cerca de Oberkampf y que yo podré hablar con Daniel mientras él va a buscar cigarros.

Llegamos al hotel, nos instalamos en una mesa, Daniel y yo; el hermano se va a comprar tabaco. Johnston desenfunda sus tres latas de Coca-Light Lemon y las pone sobre la mesa metódicamente, abre una y comienza a responder a mis preguntas: «Lo que me gusta más es poder pagar el alquiler viviendo de mi música y mis dibujos. Tengo una casa, no me esperaba a que algo así fuera posible algún día». No tiene realmente la impresión de trabajar, dice, se siente más dibujante que músico, y es de ello que vive principalmente hoy en día. Termina su primera lata de Coca. ¿Lo que escucha? «Los Beatles, me encantan los Beatles, escucho sus discos uno tras otro, son absolutamente geniales, uno tiene el sentimiento de que al escribir cualquier melodía está forzado a copiarles algo». ¿Su preferido? Ringo, obviamente. 
 
También le gusta Queen, sobre todo los primeros discos. El hip-hop. «Francamente no escucho eso. ¿Ya tiene cuánto eso del rap? Quince años?». Más bien treinta, le digo, pero le da lo mismo. Termina su segunda lata de Coca. Con la mirada perdida, pregunta si su hermano volverá pronto, tiene ganas de fumar: «Ahora bebo light porque tengo diabetes y no puedo beber la de verdad, es mucho menos buena la light» No sabe quién es Jay-Z. ¿Barack Obama? « No lo conozco». Seguro que sí, el presidente de Estados Unidos. «Ah sí, ya lo ubico, no parece ser tan malo, pero no estoy muy al tanto de la actualidad… nada al tanto». Pum, la tercera lata cae. Entonces, Daniel, si no te enteras de lo qué sucede, ¿en qué pasas tus días? «Dibujo mucho, casi todo el día. Vendo algunos de mis dibujos en casi 15,000 dólares». Se ríe. 

¿Las giras? «¿Bueh, son siempre lo mismo, en dónde estamos?» París, Daniel, en París. «Ah, sí, París. Tiene bonita pinta, es la primera vez que vengo». Yo fui a un concierto de Daniel Johnston en el Café de la Danse el 5 de junio del 2005, pero aparentemente soy el único en este cuarto que lo recuerda. El hermano vuelve, la entrevista se termina. 29 minutos, nuevo record mundial de entrevista con Daniel Johnston desde 1992. Y, ¿qué hay de la tienda de discos? Daniel se fuma un cigarrito. Nos vamos en taxi hacia Saint-Germain, a Gilber-Joseph. «Busco 45 RPM sobre todo», explica Johnston. Se duerme un poco. Pero apenas bajando del coche, sale a toda prisa. Soy el único que le pisa los talones. Se dirige a los vendedores que se quedan con la boca abierta. «¿Tienen discos de 45?» dice en inglés con su particular voz. Su sudadera está sucia.

Los tipos de la tienda se asustan un poco. Primera parada en la sección de bandas sonoras. Dos discos de la serie Batman, sobre todo por la portada al parecer. Una compilación de Nino Rota y, pum, directo a la sección de música clásica. «Busco 45 RPM usados», le informa a dos vendedores que se miran uno al otro sin saber qué decir. Después nos vamos a la sección indie; en donde todo el mundo lo reconoce. Le aconsejan, le dan palmadas en la espalda. Encuentra por fin un vinilo, un grupo desconocido, del que se lleva el de 45 RPM. Luego hacia la sección de Queen, y, pum, se lleva dos best-of. Un disco de Linda Rondstat, y otro más. Lo pierdo un poco de vista y lo vuelvo a encontrar en las cajas, con su hermano. 224 euros en total. «Ya tenías esos discos de Queen», le señala su hermano Dick. «Sí, pero me gustan mucho», le responde Daniel Johnston, quien quiere ver los dos discos que compré. ¿Lightspeed Champion? Ni idea. ¿She and Him? Ni idea.

«Tengo hambre, me gustaría ir al McDonald’s, me comería una quarter pounder con queso», explica. «Comiste hace dos horas» replica su hermano. Sí, pero Daniel tiene hambre, así que nos vamos al McDonald’s. En una escena digna de Pulp Fiction se entera de que la quarter pounder con queso no existe, así que se conforma con una Big Mac, una coca light y papas fritas. Daniel Johnston trabajó en un McDonald’s en Austin en los ochenta. Come su menú en una mesa pegada a la vitrina manchándose la barba. Los pasantes se ven intrigados. Daniel ha terminado, sale del restaurante soltando un eructo enorme. Quiere volver al hotel. Encontramos un taxi. Le enseño Notre-Dame. «Ah, es ahí donde vivía Cuasimodo. Me encanta esa película, yo estaba enamorado de Elizabeth Taylor». Canturrea algo mientras mira por la ventana. El taxi llega a su hotel, Daniel Johnston baja del coche y me dice «hasta la noche». En un par de horas estará en el escenario del Bataclan.

Comentarios

Ángel Sánchez Borges escribió:
Bellísima la entrevisa, gracias !!!
Marco Domínguez escribió:
Muy Buena!
Eduardo Falcon escribió:
Muy buena entrevista, que suerte de poder platicar con el.



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